El día en que el unicornio llegó
Querida Tía,
Espero que esta carta encuentre su rumbo y
llegue hasta ti. Hace ya 10 años que no nos hemos visto. Mi vida fue tan
maravillosa junto a ti. Llena de códigos, secretos, aventuras y de mundos
fantásticos que solo conocimos nosotras dos. Viajamos a mundos fantásticos: la
selva de Tarzán, el mar de las sirenas, el país del gigante de la montaña, la
casa del unicornio. Esa era nuestra casa favorita, la del unicornio. ¡Qué
aventuras tan nuestras!
Hoy, te escribo porque me urge tu
autorización para contar una de nuestras historias. No sé si sepas, me imagino
que donde vives ahora las cosas son muy diferentes que aquí, pero en la tierra
existe una ley de derechos de autor, y no se me permite utilizar material
creado –vivido– por otros y decir que es de propia autoría. Debo contar una de
nuestras historias, una de tantas. ¿Cuál escoger? ¿Qué tal esta?
Recuerdas el día que subí a toda prisa las
escaleras de casa de abuela hacia tu habitación. Estaba que me bebía las
lágrimas de rabia. Antes de entrar a tu cuarto, abuela me interceptó. No sé qué
me habrá dicho, pero al parecer sus palabras fueron justamente las que una
adolescente rebelde no querría escuchar. Me encaminé presurosa hacia tu
habitación y lancé la puerta de mala gana. Tú me miraste con ese rostro que
siempre me daba paz –ahora un poco aturdido–, pero yo seguí corriendo hacia el
cuartito sin puerta donde abuela guardaba miles de cosas, me miré en el espejo
y comencé a llorar. Cuando ya no pude más, y mi respiración se hizo cada vez
más entrecortada, moví la cortina que le servía de puerta al cuartito y me
recosté a tu lado. Tú no me dijiste nada. Claro, no podías hablar. –Nunca
entendí bien por qué no podías hablar, ni caminar. Lo único seguro en mi memoria
es que siempre te conocí así. Ese día, desde tu asiento, aquél que abuela te
preparaba con almohadas gigantes en tu espalda y un pedazo de madera que
haciendo presión con la pared las sujetaba, desde allí, comenzaste a
consolarme. Era como si intentaras decirme que no me preocupara; que la vida
continuaba; que nada era tan terrible como para hacerme desesperar de aquella
manera. Me calmé. Nuestra relación nunca necesitó de intermediarias a las
palabras.
Sobreviví la adolescencia, gracias a ti.
Luego llegó la universidad. Todos los fines de semana te visitaba. Hubo uno en
que subí las escaleras y entré a tu cuarto. Esta vez ya no lancé la puerta con
furia. Estaba muy contenta. Me iba para el Brasil. Había soñado ese viaje hasta
la saciedad. Hacía ya un mes que tenía mi equipaje preparado. Llegué a donde ti
y te dije: “Titi, cuando regrese te traeré un regalo que te gustará mucho. Te
amo.” Tú moviste la cabeza, hacia arriba y hacia abajo, con una sonrisa
inmensa. Como solo tú podías sonreír. Aunque nunca te conocí con dientes, tu sonrisa
ha sido la más hermosa que he podido presenciar en toda mi vida. Me fui titi,
me fui para el Brasil.
Seis semanas después, subí corriendo las
escaleras nuevamente, Titi. Imagino que me habrás visto. Seis semanas sin ti.
Sin que me contaras tus aventuras, sin que yo te contara las mías. Sin que me
acariciaras la cabeza y me hicieras sentir totalmente protegida. No subí sola,
esta vez. Alguien más subió conmigo y se mantenía detrás de mí. Abuela me interceptó.
Siempre me interceptaba. Esta vez, se colocó frente a mí. No sé por qué, pero
tu hermana que estaba también allí, salió a mi encuentro y se colocó detrás de
abuela. En ese momento dije: “Se me quedó el regalo de titi en el coche. Tengo
que buscarlo”. Abuela estiró sus brazos hacia mí y los colocó en mis hombros.
Nunca les había sentido tan pesados.
De repente, la vida comenzó a correr en
cámara lenta. Abuela movía sus labios. Cuánto deseé no haber tenido la destreza
de leer los labios. En cámara lenta, yo comprendía la frase que jamás imaginé
que tendría que comprender… tu tí-a se fu-e a ca-sa del u-ni-cor-ni-o.
No logré ver el rostro de ninguno de los
presentes hasta horas después en que aparecí recostada en tu cama, entre tus
sábanas blancas y con algunas de tus ropas entre mis brazos, pero sin ti.
Me contaron sobre el día en que llegó el
unicornio. Llegó sin hacer mucho ruido. Subió las escaleras. Te esperó en el
balcón. Hizo un sonido que solo tú escuchaste. Abuela dormía. Así que tú por tu
cuenta, te levantaste y caminaste. De repente comenzaste a resplandecer. Muchas
hadas te cubrieron y te colocaron un vestido de princesa. Sin que abuela se
diera cuenta, saliste de tu habitación no sin antes acercarte a ella y darle un
beso en la frente. Le sonreíste y le diste las gracias por dedicarse en cuerpo
y alma a ti, por 46 años de su vida. Las hadas te ayudaron a montar el
unicornio y dijiste: “Al Brasil”.
Solo así logro explicar, como el día en
que te fuiste, me arrodillé ante la majestuosidad de dos arcoíris que atravesaban
“La garganta del Diablo”, y pensé y di gracias al universo por tenerte en mi
vida. Quiero imaginar que desde uno de los arcoíris, me observabas con tu
mirada que tanta paz me brindaba. Y te acercaste… y me acariciaste… y me
echaste tu bendición. Ese fue el día en que el unicornio llegó, y tú te fuiste.
Aquí culmino esta primera carta. Son
muchas otras las historias fantásticas y muchos otros los mundos fantásticos
vividos junto a ti, que me faltan por narrar.
Hasta mi llegada a la casa del unicornio,
querida Tía.
Por: Tu mamá (verano, 2013)
No hay comentarios:
Publicar un comentario